Navegar por las redes sociales puede ser todo un peligro para el escritor. Sobre todo cuando sigues veinte millones de cuentas y blogs de tu temática. Lo que iban a ser cinco minutos desconectando o documentándote se transforman rápidamente en horas.
Toda esta locura que es la vorágine de información que nos rodea, puede dejar a veces perlas maravillosas. Esas que hacen funcionar tu alma de escritor y te llevan a recorrer el camino de las historias, encumbrado solo por algunas frases.
Mientras os escribía la que es ya la tercera parte de los microrrelatos ‘Crónica de Cyan’, he hecho un breve receso para cargar las pilas. Me he paseado por mis listas favoritas de tuiteros de género y he hallado este maravilloso tweet de Nieves Delgado:

La pregunta de Nieves me ha hecho volver sobre el worldbuilding de mi novela, que como sabéis se desarrolla en el mismo universo narrativo que la serie de microrrelatos. Cierto es que no hay (o más bien, aún no conocéis), inteligencias artificiales o robots como tales en Cyan. Pero volviendo sobre la pregunta final de la primera parte de Crónica de Cyan, ¿qué es la humanidad?¿Se puede ser humano cuando la forma y la materia que nos define no es tal?¿Y si pretendemos pedir a las futuras IAs una decencia de la que los propios seres humanos carecen?¿Acaso acabaran siendo más altas moralmente que sus propios creadores? Hay tantas posibilidades en el planteamiento que da vértigo.

Si te has perdido alguno de los capítulos de microrrelatos ‘Crónica de Cyan‘ te dejo a continuación todos los enlaces, para que puedas leerlos en orden.

Y ahora, sin más vueltas, vamos a por lo interesante, ¡el capítulo!

El código maestro – Crónica de Cyan III

Violeta

Violeta giró sobre si misma, alcanzó la pistola en medio segundo y apuntó contra Rose Atwood sin darle tiempo a pestañear. Puso los dedos sobre el gatillo y disparó dos veces apuntando a la cabeza de la capitana.

>Comprobando estado de la red… conectado.
>Perfil de memoria actualizado.

—No pensarías que había dejado las balas puestas, ¿no? —dijo la capitana Atwood al tiempo que esbozaba una sonrisa despectiva—. Creía que los trasvasados eran más inteligentes que la media. Ya veo que no, ni siquiera cuando traen un buen cerebro de inicio.

Quizá no fuese más inteligente pero el cerebro de Violeta procesaba la información de la que disponía un 210% más rápido que cuando era completamente humana. O eso concluyó con sus experimentos. Los gritos de Abel retumbaron nuevamente en cada conexión de Violeta y luego pararon de golpe.

>Escaneando entorno (45%)

— Claro que lo somos, pero la inteligencia es la madre de la imprudencia —Violeta desactivó sus emociones para dar un cariz frío a sus palabras—. Cuando olvidas que no eres Dios y que por muy rápido que procesen tus circuitos no todas los problemas se resuelven en base a la estadística empiezan los problemas.

— No me venda lecciones de moralidad baratas, doctora -Atwood no dejaba de sonreírle con cada palabra-. Su amigo ha dejado de gritar y eso solo puede significar dos cosas. Está muerto o se ha desmayado del dolor. Me gustaría conocer sus estadísticas a este respecto – la mueca en que se convirtió su sonrisa hubiese revuelto el estómago de Violeta de haberlo tenido.

>Escaneando entorno (100%)

Bien. Atwood está justo al lado de la puerta por la que tengo que salir. Tengo la tapa del módulo de memoria abierto. Mi perfil de memoria está salvo con lo que mi mente y mi consciencia también lo están. Tengo que llegar hasta Abel, él no tiene manera de salvarse.

—Violeta, —Rose Atwood se enderezó, mirándola directamente a los ojos— solo queremos la respuesta a una información que obra en su poder y los dejaremos salir de la base. A usted y a Abel. Ni siquiera buscaremos a Stephen, se lo prometo —el tono de la capitana se volvió repentinamente serio al llegar a las últimas palabras—.

—Sé lo que quiere y no lo obtendrá . No conoce las consecuencias que implicaría que alguien se hiciera con el código maestro, ¿qué cómo sé que es justo eso lo que quiere? —Violeta observó como unas llaves sobresalían del bolsillo de la bata blanca de Rose—. Bueno, no son los primeros que vienen a buscarlo y fracasarán igual que el resto.

Pasemos al plan B. Tengo que actuar antes de que a Abel se le acaben las opciones. A la de tres.

Uno.

—Oh, Violeta, no somos unos aficionados como el resto —la capitana compuso una teatral mueca de pena mientras hablaba—.

Dos.

—De hecho creemos que estamos más cerca que nunca. Si usted no nos da la información será su amigo A…

Tres.

Violeta se lanzó como un rayo contra la capitana que hizo un sonido crujiente y aparatoso al chocar de espaldas con una mesa llena de material de laboratorio. La espalda de la capitana cedió bajo el peso de la trasvasada.

—No tiene ni idea de con quien esta jugando, capitana Atwood —Violeta alcanzó las llaves y dejó caer a la mujer que resbaló inconsciente hasta el suelo, donde quedó tirada con las piernas en un ángulo anormal—.

Bien. Vámonos.

Violeta volvió a actualizar su perfil de memoria y metió la llave en la cerradura de la morgue.
Al girarla, saltaron todas las alarmas del edificio, rompiendo el silencio con su bramido ensordecedor.

Mierda. Necesito un plan C.


Ya, lo sé. Soy una mala persona por dejaros en este punto de la historia. Pero solo quedan dos microrrelatos para llegar al final de la serie y espero que los estéis disfrutando. Si te ha gustado, comparte, comenta y suscríbete a la lista de correo. La semana que viene saldrá el primer correo para los suscriptores, que contará con una sorpresa para todos aquellos que estéis apuntados. Un abrazo.